De compras con Alice

Reconoceréis partes de este capítulo –pequeños pedazos sobrevivieron y
fueron combinados en los que al final fue el Capítulo 20 - “Impaciencia”. Este capítulo
le reduce las revoluciones a la parte de la cacería de la historia, pero
sentí que al editarla, sacrifiqué muchísimo de la personalidad de Alice.
Stephenie Meyer


El coche era liso, blanco y potente; sus ventanas estaban tintadas de negro. El
motor rugía como un gran coche a medida que aceleraba a través de la oscura
noche. Jasper conducía con una sola mano, parecía despreocupado, pero el
poderoso coche volaba hacia delante con perfecta precisión. Alice se sentó
conmigo en el asiento trasero de cuero negro. De alguna manera, durante la
larga noche, mi cabeza había acabado recostada contra su cuello de granito,
sus fríos brazos envolviéndome, su mejilla apoyada en lo alto de mi cabeza. El
frente de su fina camisa de algodón estaba fría, húmeda por mis lágrimas.
Antes y ahora, si mi respiración se volvía inestable, ella murmuraba de forma
calmante; en su veloz y aguda voz, su consuelo sonaba como si estuviera
cantando. Para mantenerme en calma, me centré en el contacto con su fría
piel; era como una conexión física con Edward. Ambos me habían asegurado
-cuando me percaté, inmovilizada por el pánico, de que todas mis cosas
seguían en la furgoneta- que dejarlo atrás era necesario, algo que tenía que
ver con su esencia. Me dijeron que no me preocupara ni por la ropa ni por el
dinero. Intenté confiar en ellos, haciendo un esfuerzo para ignorar lo incómoda
que me sentía enfundada en las ropas de Rosalie. Era una cosa trivial de la que
preocuparse. En las llanas carreteras, Jasper nunca condujo el robusto coche a
menos de 120 kilómetros por hora. Parecía completamente inconsciente de los
límites de velocidad, pero nunca vimos un coche patrulla. Los únicos cortes en
la monotonía del camino fueron las dos paradas que hicimos para cargar
gasolina. Me di cuenta vagamente que Jasper fue dentro para pagar las dos
veces en efectivo. Comenzó a amanecer cuando estábamos en alguna parte
del norte de California. Miré con los ojos secos, semicerrados, como la luz gris
se irradiaba a través del cielo despejado. Estaba exhausta, pero el sueño había
desaparecido, mi mente estaba demasiado llena de imágenes perturbadoras
como para dejarme llevar por la inconsciencia. La destrozada expresión de
Charlie -el brutal gruñido de Edward enseñando los dientes- la penetrante
mirada del rastreador -la expresión triste de Laurent- la oscura mirada en los
ojos de Edward después de que él me besara la última vez; como instantáneas
que se iluminaban ante mis ojos, mis sentimientos se alternaban entre el terror
y la desesperación. En Sacramento, Alice pidió a Jasper que parara, para
conseguirme comida. Pero sacudí mi cabeza cansadamente, y le dije que
siguiese conduciendo con voz apagada. Unas pocas horas después, en un
suburbio a las afueras de Los Ángeles, Alice le volvió a hablar suavemente, y él
salió de la autopista pese al sonido de mis débiles protestas. Un gran centro
comercial era visible desde la autopista, y se dirigió hacia allí, entrando en el
aparcamiento hasta la planta subterránea para aparcar. — Quédate en el coche
—le ordenó Alice a Jasper. — ¿Estás segura? —él sonaba receloso. — No veo a
nadie más por aquí —dijo ella. Él asintió, accediendo. Alice me cogió de la mano y me
sacó del coche. Se aferró a mi mano, manteniéndome cerca de ella
mientras caminábamos por el oscuro garaje. Ella rodeó el borde del garaje,
manteniéndose en las sombras. Aprecié cómo su piel parecía brillar a la luz del
sol que se reflejaba de la acera. El centro comercial estaba abarrotado, varios
grupos de compradores pasaban, algunos girando la cabeza para vernos pasar
cerca. Caminamos bajo un puente que cruzaba desde el nivel superior del
aparcamiento al segundo local de un gran almacén, siempre manteniéndonos
fuera de la luz solar directa. Una vez dentro, bajo las luces fluorescentes del
almacén, Alice parecía menos llamativa -simplemente una muchacha pálida
como la tiza, ojerosa, con oscuros ojos y pelo negro puntiagudo. Estaba segura
de que las ojeras bajo mis propios ojos eran más evidentes que las suyas.
T odavía llamábamos la atención de algunos que nos miraban de reojo. Me
preguntaba lo que pensaban cuando nos veían. La delicada y danzarina Alice,
con su llamativo rostro de ángel, vestida con pálidas prendas que no
disimulaban lo suficiente su palidez, llevándome de la mano, obviamente
guiándome, mientras yo me arrastraba lentamente, enfundada en un vestuario
caro que no me pertenecía y con mi pelo enredado en la parte de atrás. Alice
me llevó a una atestada zona de restaurantes.
- ¿Qué quieres comer?
El olor de las comidas rápidas grasientas retorció mi estómago. Pero la mirada
de Alice no dejaba lugar a la persuasión. Pedí sin entusiasmo un sándwich de
pavo.
- ¿Puedo ir al baño? - pregunté en cuanto nos dirigimos a la cola.
- Vale - y cambió de dirección, sin soltar mi mano.
- Puedo ir sola. - La atmósfera banal del centro comercial me hizo sentir más
normal de lo que había estado desde nuestro desastroso juego de anoche.
- Lo siento, Bella, pero Edward va a leer mi mente en cuando esté aquí, y si ve
que te he dejado fuera de mi vista durante un minuto… - no terminó la frase,
tratando de ignorar las horribles consecuencias.
Al menos esperó fuera del abarrotado cuarto de baño. Me lavé la cara, así
como las manos, ignorando las asustadas miradas de las mujeres de mí
alrededor. Traté de peinarme el pelo con los dedos, pero me rendí rápidamente.
Alice cogió mi mano de nuevo en la puerta, y volvimos lentamente a la fila de
la comida. Yo me arrastraba, pero ella no se mostraba impaciente conmigo. Me
miraba comer, primero despacio y luego más deprisa a medida que volvía mi
apetito. Bebí la soda que ella me compró tan rápido que me dejó por un
momento -sin quitarme la vista de encima, claro- para conseguirme otra.
- La comida que comes es definitivamente más conveniente —comentó cuando
acabé— pero no parece más divertida. - Me imagino que cazar es más excitante.
- No te haces una idea. —Centelleó con una amplia sonrisa de brillantes
dientes, y varias personas giraron la cabeza en nuestra dirección.
Tras tirar nuestra basura, me condujo por lo anchos pasillos del centro
comercial, sus ojos mirando aquí y allá buscando algo que ella quería,
arrastrándome junto a ella en cada parada. Se detuvo por un momento ante
una cara boutique para comprar tres pares de gafas de sol, dos de mujer y
unas de hombre. Noté la mirada del vendedor con una nueva expresión cuando
ella le entregó una inusual y pulcra tarjeta de crédito con líneas doradas
cruzándola. Después encontró una tienda de accesorios donde eligió un cepillo
y unas gomas de pelo.
Pero en realidad no terminó hasta que me introdujo en el tipo de tiendas que
yo nunca frecuentaba, porque el precio de un par de medias estaba fuera de mi
presupuesto. — Debes de ser aproximadamente una talla dos. —Era una
declaración, no una pregunta. Me utilizó como mula de carga, cargándome con
una asombrosa cantidad de ropa. De vez en cuando podía verla alcanzando
una talla extra-pequeña cuando escogía algo para ella misma. Las prendas que
seleccionaba para sí misma eran todas de materiales ligeros, pero de mangas
largas o largas hasta el suelo, diseñadas para cubrir el máximo posible de su
piel. Un sombrero negro de paja de ala ancha coronó la montaña de ropas. La
dependienta tuvo una reacción similar al anterior ante la inusual tarjeta de
crédito, volviéndose más servicial, y llamando a Alice «señorita». El nombre
que dijo también era desconocido, me pareció. Una vez estuvimos fuera del
centro comercial, con los brazos cargados de bolsas, cuya mayor parte llevaba
ella, le pregunté.
- ¿Cómo te llamó la dependienta?
- La tarjeta de crédito dice Rachel Lee. Vamos a ser muy cuidadosos para no
dejar ningún tipo de pista para el rastreador. Vamos a que te cambies.
Pensé sobre ello cuando ella me llevó de vuelta a los aseos, poniéndome en el
recinto para minusválidos de modo que tuviera sitio para moverme. La escuché
rebuscando en las bolsas, para finalmente pasarme un ligero vestido azul de
algodón por encima de la puerta. Estaba agradecida de quitarme los vaqueros
demasiado largos y ajustados de Rosalie, di un tirón a la blusa que me envolvía
en todos los lugares erróneos, y se los arrojé por encima de la puerta. Me
sorprendió pasándome un par de suaves sandalias de piel por debajo de la
puerta -¿cuándo las había comprado? El vestido me sentaba asombrosamente
bien, el costoso corte parecía flotar a mi alrededor. En cuanto dejé el recinto
noté que estaba tirando las ropas de Rosalie a la papelera.
- Guarda tus zapatillas de deporte —dijo. Las puse encima de una de las
bolsas.Volvimos al garaje. Alice logró menos miradas esta vez; estaba tan cubierta por
bolsas que su piel era apenas visible. Volvimos al garaje. Alice alertó pocas
miradas esta vez, estaba tan cubierta de bolsas que su piel difícilmente se
podía ver. Jasper estaba esperando. Salió del coche a nuestro encuentro -el
maletero estaba abierto. Mientras alcanzaba primero mis bolsas, echó a Alice
una mirada sarcástica.
- Sabía que debía haber ido—murmuró.
- Sí —reconoció ella— a ellas les hubiera encantado tenerte en el baño de
mujeres. Jasper no respondió.
Alice removió rápidamente entre sus bolsas antes de ponerlas en el maletero.
Le pasó a Jasper un par de gafas de sol, poniéndose ella otro par. Me pasó el
tercer par, y el cepillo del pelo. Y sacó una camisa larga, fina, negra
transparente, poniéndosela encima de su camiseta, dejándola abierta. Por
último, se puso el sombrero de paja. En ella, el improvisado disfraz parecía
corresponder al de un escape. Agarró un puñado más de ropas y,
envolviéndolas en una bola, abrió la puerta trasera e hizo una almohada sobre
el asiento.
- Necesitas dormir —ordenó firmemente. Avancé despacio y obedientemente
en el asiento, apoyando mi cabeza al instante y acurrucándome de lado.
Estaba medio dormida cuando el coche arrancó.
- No deberías haberme comprado todas estas cosas —mascullé.
- No te preocupes por eso, Bella. Duerme. —Su voz era relajada.
- Gracias —suspiré, y caí en un sueño inquieto.
Fue el dolor de dormir en una posición apretada lo que me despertó. Estaba
todavía exhausta, pero de repente estaba nerviosa en cuanto recordé dónde
estaba. Me senté para ver el Valle del Sol fuera, delante de mí; la extensión
amplia, llana, de tejados, palmeras, autopistas, niebla tóxica y piscinas,
abrazada por los peñascos pequeños y rocosos que llamamos montañas.
Estuve sorprendida de no sentir ninguna sensación de alivio, sólo una añoranza
fastidiosa de los cielos lluviosos y los espacios verdes del lugar al que Edward
dio un nuevo significado. Sacudí mi cabeza, intentando hacer retroceder el
inicio de desesperación que amenazaba con abrumarme. Jasper y Alice estaban
hablando; conocedores, estoy segura, de que estaba consciente de nuevo, pero
no dieron ninguna señal de ello. Sus veloces y suaves voces, una grave, otra
aguda, me rodeaban como si fueran música. Deduje que estaban discutiendo
dónde quedarnos.
- Bella —Alice se dirigió a mí casualmente, como si ya fuera parte de la
conversación— ¿Cuál es el camino al aeropuerto?- Sigue por la I-10 —dije
automáticamente— Pasaremos justo por al lado.Pensé
por un momento, mi cerebro todavía confuso por el sueño.
- ¿Vamos a volar a algún sitio? —pregunté.
- No, pero es mejor estar cerca, por si acaso. —Sacó su teléfono móvil, y por lo
visto llamó a información. Hablaba más despacio de lo habitual, preguntando
por hoteles cerca del aeropuerto, aceptando una sugerencia, luego esperando
mientras era puesta en contacto. Hizo reservas para una semana bajo el
nombre de Christian Bower, recitando a toda prisa un número de tarjeta de
crédito sin siquiera mirarlo. La escuché repitiendo direcciones por el bien del
operador; estoy segura de que ella no necesitaba ayuda con su memoria.
La vista del teléfono me había recordado mis responsabilidades.
- Alice —dije cuando ella acabó.— Necesito llamar a mi padre. —Mi voz era
seria.Ella me pasó el teléfono.
Era a última hora de la tarde; estaba deseando que él estuviera en el trabajo.
Pero respondió al primer tono. Me abatí, imaginando su ansiosa cara por el
teléfono.
- ¿Papá? —dije vacilante.
- ¡Bella! ¿Dónde estás, cariño? —una sensación de alivio llenó su voz.
- Estoy en la carretera. —No era necesario hacerle saber que yo había hecho
un recorrido de tres días en una noche.
- Bella, tienes que volver.
- Necesito volver a casa.
- Cariño, hablemos de esto. No necesitas irte sólo por un chico. —Podría decir
que él estaba siendo muy cuidadoso.
- Papá, dame una semana. Necesito pensar las cosas, y luego decidiré si
vuelvo. No tiene nada que ver contigo, ¿de acuerdo? —Mi voz tembló
levemente.— T e quiero, papá. Sea lo que sea lo que decida, te veré pronto. Lo
prometo.
- De acuerdo, Bella. —Su voz era resignada.— Llámame cuando llegues a
Phoenix.
- T e llamaré desde casa, papá. Adiós.
- Adiós, Bella. —Vaciló antes de colgar.
Por lo menos estaba de buenas con Charlie de nuevo, pensé mientras devolvía
el teléfono a Alice. Ella me observaba atentamente, quizás esperando por otro
bajón emocional. Pero yo sólo estaba muy cansada. La familiar ciudad voló por mi
oscura ventanilla. El tráfico era ligero. Transitamos rápidamente por el
centro de la ciudad y luego viramos alrededor de la parte norte de Sky Harbour
International, girando al sur en Temple. Sólo en el otro lado del húmedo cauce
del Río Salado, a un kilómetro o más del aeropuerto, Jasper salió ante la orden
de Alice. Ella le dirigió fácilmente a través de las superficiales calles a la
entrada del hotel Hilton en el aeropuerto. Yo había estado pensado en el Motel
6, pero estaba segura de que ellos no se preocupaban por el aspecto
económico. Parecían tener reservas ilimitadas. Entramos en el aparcamiento
bajo la sombra de un gran toldo, y dos botones se colocaron rápidamente al
lado del impresionante automóvil. Jasper y Alice bajaron del coche, pareciendo
dos estrellas de cine con sus gafas de sol. Yo bajé torpemente, agarrotada por
tantas horas en el coche, sintiéndolo acogedor. Jasper abrió el maletero, y el
eficiente botones descargó rápidamente nuestras bolsas de compra en un
carrito. Estaban demasiado bien entrenados como para mostrar ninguna
mirada sorprendida ante nuestra carencia de un verdadero equipaje. El coche
debía de haber estado muy frío en su interior. Saliendo de él a la tarde
calurosa, aunque ya oscura, de Phoenix, fue como meter mi cabeza en un
horno y empezar a dorarme. Por primera vez en ese día, me sentí en casa.
Jasper caminó con seguridad por el vestíbulo vacío. Alice se mantuvo
cuidadosamente a mi lado, los botones tras nosotros siguiéndonos con
nuestras cosas. Jasper se acercó al mostrador de recepción con su
inconscientemente aire de realeza. — Bower —fue todo lo que dijo a la
aparentemente profesional recepcionista. Ella rápidamente procesó la
información, con sólo un mínimo vistazo hacia el ídolo de pelo dorado delante
de él, traicionando su cuidadosa eficiencia.
Rápidamente fuimos guiados a una gran suite. Sabía que los dos dormitorios
eran meramente una fachada. Los botones descargaron eficientemente
nuestras bolsas mientras me sentaba débilmente en el sofá y Alice danzaba a
examinar el resto de la suite. Jasper les dio la mano cuando se iban, y la
mirada que intercambiaron en su salida hacia la puerta era más que satisfecha;
estaban deleitados. Entonces nos quedamos solos. Jasper fue a las ventanas,
cerrando los dos niveles de cortinas con seguridad. Alice apareció y dejó caer
un menú de servicio de habitaciones en mi regazo.
- Pide algo —aconsejó.
- Estoy bien —dije sin entusiasmo.
Me lanzó una oscura mirada, y me quitó el menú de las manos. Murmurando
algo acerca de Edward, levantó el teléfono.
- Alice, de verdad —comencé a decir cuando me silenció con la mirada. Apoyé
mi cabeza en el reposabrazos del sofá y cerré los ojos.
Los golpes en la puerta me despertaron. Salté tan rápido que me resbalé del
sofá hacia el suelo y me golpeé la frente contra la mesa de centro.- Oh —dije, aturdida,
acariciándome la cabeza.
Escuché a Jasper reírse una vez, y levanté la vista para verle tapándose la
boca, intentando ahogar el resto de su diversión. Alice abrió la puerta,
presionando sus labios firmemente con los bordes de su boca estirándose. Me
ruboricé y me trepé de nuevo al sofá, sosteniendo mi cabeza con la mano. Era
mi comida; el olor de carne roja, queso, ajo y patatas me rodeó. Alice llevó la
bandeja tan hábilmente como si hubiera sido camarera durante años, y la
colocó en la mesita a la altura de mis rodillas.
- Necesitas proteínas —me explicó, levantando la plateada tapa semiesférica
para mostrar un gran filete y una decorativa escultura de patata.— Edward no
estará contento contigo si tu sangre huele anémica cuando llegue aquí. —
Estaba casi segura de que estaba bromeando.
Ahora que podía oler la comida estaba hambrienta de nuevo. Comí veloz,
sintiendo volver mi energía en cuanto los azúcares llegaron a mi torrente
sanguíneo. Alice y Jasper me ignoraban, viendo las noticias y hablando tan
rápida y calladamente que no pude entender ni una palabra. Un segundo golpe
sonó en la puerta. Salté sobre mis pies, intentando evitar otro accidente con la
bandeja medio vacía en la mesa de centro.
— Bella, necesitas tranquilizarte —dijo Jasper, mientras Alice atendía a la
puerta. Un miembro del personal de limpieza le dio una pequeña bolsa con el
logotipo del Hilton y se marchó rápidamente. Alice lo trajo y me lo entregó. Lo
abrí y encontré un cepillo de dientes, pasta de dientes, y todas las demás
cosas críticas que me había dejado en mi camioneta. Las lágrimas aparecieron
en mis ojos.
— Sois tan amables conmigo… —miré a Alice y luego a Jasper, agobiada.
Había notado que Jasper era normalmente el más cuidadoso en mantener las
distancias conmigo, de modo que me sorprendió cuando vino a mi lado y
colocó su mano en mi hombro.
- Ahora eres parte de nuestra familia —me dijo, sonriendo calurosamente. De
repente sentí un pesado agotamiento fluyendo por mi cuerpo; mis párpados
eran de alguna manera demasiado pesados para mantenerse abiertos.
- Muy sutil, Jasper —escuché a Alice decir en tono sarcástico. Sus fríos y
delgados brazos resbalaron bajo mis rodillas y mi espalda. Me levantó, pero yo
estaba dormida antes de que me depositara en la cama.
Era muy temprano cuando me desperté. Había dormido bien, sin sueños, y
estaba más alerta de lo que solía estar al despertar. Estaba oscuro, pero había
destellos azulados de luz proviniendo desde debajo de la puerta. Busqué al
lado de la cama, tratando de encontrar la lámpara en la mesita de noche. Una
luz apareció sobre mi cabeza y me exalté. Alice estaba allí, arrodillada a mi lado en la
cama, con su mano en la lámpara que estaba ensamblada a la
cabecera.
- Lo siento —dijo mientras yo me desplomaba de alivio hacia atrás, sobre la
almohada.— Jasper tiene razón,… —continuó— necesitas relajarte.
- Bueno, pero no se lo digas a él —me quejé.— Si él intenta relajarme más,
entraré en coma.
Se rió tontamente.
- T e diste cuenta, ¿eh?
- Si me hubiera golpeado la cabeza con un sartén habría sido menos obvio.
- Necesitabas dormir. —Se encogió de hombros, sonriendo todavía.
- Y ahora necesito una ducha, ¡ala! —Me di cuenta de que todavía llevaba el
ligero vestido azul, el cual estaba más arrugado de lo que tenía derecho a
estar. Mi boca tenía mal sabor.
- Creo que vas a tener un chichón en la frente —mencionó mientras me dirigía
al baño.
Después de haberme aseado, me sentí mucho mejor. Me puse las prendas que
Alice dejó para mí en la cama, una camisa verde militar que parecía estar
hecha de seda, y pantalones cortos marrones de lino. Me sentí culpable, ya que
mis nuevas cosas eran mucho más agradables que cualquiera de las prendas
que había dejado atrás.
Fue agradable hacer algo por fin con mi pelo; el champú del hotel era de buena
calidad y mi pelo resplandeció de nuevo. Me tomé mi tiempo en secarlo hasta
dejarlo perfectamente liso. Tuve el presentimiento de que no haríamos gran
cosa hoy. Una estrecha inspección en el espejo reveló una sombra
oscureciendo en mi frente. Fabuloso. Cuando finalmente salí del baño, la luz
brillaba al máximo alrededor de los bordes de las gruesas cortinas. Alice y
Jasper estaban sentados en el sofá, mirando fija y pacientemente la televisión,
con el sonido casi apagado. Había una nueva bandeja de comida en la mesa.
- Come —dijo Alice, señalándola firmemente.
Me senté obediente en el suelo, y comí sin darme cuenta de lo que comía. No
me gustaba la expresión de sus caras. Estaban demasiado quietos. No
apartaban la vista de la pantalla, ni siquiera cuando aparecían los anuncios.
Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente revuelto. Alice
miró hacia la bandeja, observando con mirada disgustada que todavía estaba
llena.
- ¿Qué es lo que va mal, Alice? —pregunté dócilmente. - T odo va bien. —Me miró
con ojos abiertos y sinceros que no me creí ni por un
segundo.
- Bueno, ¿qué hacemos ahora
- Esperaremos a que Carlisle llame.
- ¿Y no debería haber llamado ya? —Me pareció que me iba acercando al
meollo del asunto. Los ojos de Alice revolotearon desde los míos hacia el
teléfono que estaba encima de su bolso; luego volvió a mirarme.— ¿Qué
significa eso? —Me temblaba la voz y luché para controlarla— ¿Qué quieres
decir con que no ha llamado?
- Simplemente que no tienen nada que decir. —Pero su voz sonaba demasiado
monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar.
- Bella —dijo Jasper con una voz sospechosamente tranquilizadora— no tienes
de qué preocuparte. Aquí estás completamente a salvo.
- ¿Crees que es por eso por lo que estoy preocupada? —pregunté con
incredulidad.
- ¿Entonces por qué? —Él también pareció sorprendido. Aunque podía sentir el
tono de mis emociones, no podía saber las razones que las motivaban.
- Ya oíste a Laurent —mi voz era sólo un susurro, pero estaba segura de que
podía oírme, sin duda.— Dijo que James era letal. ¿Qué pasa si algo va mal y se
separan? Si cualquiera de ellos sufriera algún daño, Carlisle, Emmett…
Edward... —Tragué con dificultad.— Si esa mujer brutal le hace daño a Rosalie o
a Esme... —hablaba cada vez más alto, y en mi voz apareció una nota de
histeria.— ¿Cómo podré vivir conmigo misma sabiendo que fue por mi culpa?
Ninguno de vosotros debería arriesgar su vida por mí...
- Bella, Bella, para... —me interrumpió Jasper, sus palabras fluyendo
rápidamente.— T e preocupas por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto:
ninguno de nosotros está en peligro. Ya soportas demasiada presión tal como
están las cosas, no hace falta que le añadas todas esas innecesarias
preocupaciones. ¡Escúchame! —me ordenó, porque yo había vuelto la mirada a
otro lado.— Nuestra familia es fuerte. Nuestro único temor es perderte.
- Pero, ¿por qué vosotros...? —Alice me interrumpió esta vez, acariciándome la
mejilla con sus dedos fríos.
- Edward lleva solo casi un siglo. Ahora te ha encontrado, y nuestra familia
está completa. ¿Crees que podríamos mirarle a la cara los próximos cien años
si te pierde?La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos oscuros. Pero,
incluso mientras la calma se extendía sobre mí, sabía que no podía confiar en
mis sentimientos con Jasper presente