Baile de Graduación

Esta parte es de auto-gratificación en su peor expresión. Tuve una ráfaga de
sensaciones con todo eso del baile de graduación y los listones y cosas de
chicas… Adelante, que cada uno asuma su riesgo.
Stephenie Meyer


— ¿Cuándo me vas a decir qué está pasando, Alice?
— Ya lo verás, se paciente —me ordenó haciendo una mueca distraídamente.
Estábamos en mi coche pero ella conducía. Tres semanas más y ya no estaría
caminando escayolada, y entonces se iba a terminar con el asunto de los
chóferes. Me gustaba conducir.
Ya estábamos a finales de mayo, y la tierra alrededor de Forks encontraba de
alguna manera la forma de ser aún más verde de lo normal. Era precioso, por
supuesto, y de alguna manera me estaba reconciliando con el bosque, sobre
todo porque pasaba mucho más tiempo allí de lo habitual. No éramos muy
amigas todavía, la naturaleza y yo, pero nos estábamos acercando.
El cielo estaba gris, pero eso también era agradable. Era un gris perlado, no
sombrío del todo, no lluvioso, y casi suficiente cálido para mí. Las nubes eran
delgadas y seguras, esa clase de nubes que me gustaban, debido a la libertad
que garantizaban.
Pero a pesar de estos entornos agradables, me sentía particularmente
nerviosa. Por una parte debido al comportamiento extraño de Alice. Ella había
insistido fervientemente en tener una salida de chicas este sábado por la
mañana, llevándome hasta Port Angeles para hacernos la manicura y la
pedicura, rechazando a dejarme usar el modesto brillo rosa que yo quería, y
ordenando a la manicurista que me pintara las uñas con un brillante rojo
oscuro, llegó tan lejos que incluso insistió en que me pintara las uñas de mi pie
escayolado.
Cuando acabamos Alice me llevó a una zapatería, aunque solo me podía probar
un zapato de cada par. En contra de mis vigorosas protestas, me compró un
par de sandalias sobrevaluadas y de lo más poco prácticas, con tacón de aguja
–algo que parecía realmente peligroso, sujetas solamente por una cinta de
satén que se cruzaban sobre mi pie y se ataban en un ancho arco detrás de mi
tobillo. Eran de un azul profundo, y en vano intenté explicarle que no tenía nada con lo
que ponerme esos zapatos. Incluso cuando mi armario estaba
vergonzosamente lleno de la ropa que me había comprado en Los Ángeles –la
mayor parte de la ropa todavía demasiado ligera para ponérsela en Forks–
estaba convencida de que no tenía nada en ese tono. E incluso si hubiese
tenido ese tono exacto escondido en algún rincón de mi armario, mi ropa no
hacía juego con esas sandalias de tacón alto- difícilmente podía caminar con
seguridad solo usando medias. Pero mi irrebatible lógica no hacía mella en ella.
Ni siquiera me discutía.
— Bueno, no son de Biviano, pero lo van a tener que ser —murmuró divertida,
y no habló más hasta que desenfundó su tarjeta de crédito ante los
embelesados empleados. Me llevó a almorzar a un sitio de comida rápida con
servicio para llevar, diciéndome que tenía que comer en el coche, pero
negándose a explicarme la razón de tanta prisa. Además, de camino a casa le
tuve que recordar varias veces que mi coche no era capaz de ir a la velocidad
de un coche deportivo, incluso con las modificaciones que Rosalie le había
hecho, y que por favor le diera un respiro al pobre trasto.
Por lo general, Alice era mi chófer preferido. Ella no parecía aburrida
conduciendo a veinte o treinta kilómetros por encima del límite de velocidad,
cosa que algunas personas no podían soportar.
Pero la agenda secreta de Alice era solo la mitad del problema, por supuesto.
Yo también estaba patéticamente ansiosa porque no había visto el bello rostro
de Edward en casi seis horas y eso debe de haber sido un récord en los últimos
dos meses.
Charlie había estado difícil, pero no imposible. Se había reconciliado con la
constante presencia de Edward cuando regresaba a casa, sin encontrar nada
de qué quejarse cuando nos sentábamos en la mesa para hacer las tareas del
instituto –hasta parecía disfrutar de su compañía cuando gritaban juntos los
partidos en ESPN. Pero no había perdido nada de su original severidad cuando
sostenía la puerta abierta a Edward exactamente a las diez en punto de cada
noche de la semana. Por supuesto, Charlie era completamente inconsciente de
la habilidad de Edward para regresar con su coche a casa y estar de vuelta en
mi ventana en menos de diez minutos.
Él era mucho más agradable con Alice, a veces de manera un tanto
embarazosa. Obviamente, hasta que tuviera mi voluminosa escayola algo más
manejable, necesitaba la ayuda de una mujer. Alice era un ángel, una
hermana; todas las noches y todas las mañanas aparecía para ayudarme con
mis rutinas diarias. Charlie estaba enormemente agradecido de ser relevado
del horror de una hija casi adulta que necesitaba ayuda para ducharse -esa
clase de cosas estaban lejos de ser de su comodidad, y también de la mía, por
lo mismo. Pero era con más que gratitud que Charlie comenzó a llamarla
«ángel» como apodo, y la miraba con ojos embelesados cuando ella danzaba sonriente
por la pequeña casa, iluminándola. Ningún ser humano podía
resistirse a su increíble belleza y gracia, y cuando ella se deslizaba por la
puerta cada noche con un cariñoso, Te veo mañana, Charlie, lo dejaba
atontado.
— Alice, ¿vamos a casas ahora? —le pregunté en ese momento, entendiendo
las dos que me refería a la casa blanca junto al rió.
— Sí. —Sonrió, conociéndome bien.— Pero Edward no está ahí.
Me enfurruñé.
— ¿Dónde está?
— Él tenía algunos recados que hacer.
— ¿Recados? —repetí tajante.— Alice, —mi tono se volvió suplicante— por
favor dime qué está pasando.
Ella sacudió la cabeza, negando pero sonriendo al mismo tiempo.
— Me estoy divirtiendo mucho —explicó.
Cuando entramos en casa, Alice me llevó directa arriba, a su baño del tamaño
de una habitación. Me sorprendió encontrar a Rosalie ahí, esperándome con
una sonrisa celestial, detrás de una silla rosa. Un arsenal de herramientas y
productos de belleza cubrían el largo mostrador.
— Siéntate —ordenó Alice. La miré cuidadosamente un minuto, y entonces,
decidiendo que ella estaba preparada para usar la fuerza si era necesario,
cojeé hasta la silla y me senté con la dignidad que pude mantener. Rosalie
inmediatamente empezó a cepillarme el pelo.
— ¿Supongo que no me dirás de qué va esto? —le pregunté.
— Puedes torturarme, —murmuró, absorta con mi pelo— pero nunca hablaré.
Rosalie sujeto mi cabeza en el lavabo mientras Alice frotaba mi pelo con un
champú que olía como a menta y a pomelo. Alice secó furiosamente los
mechones de mi pelo con una toalla y después roció casi una botella entera de
algo más -este olía como a pepinos- en el pelo mojado y me pasó la toalla otra
vez.
Peinaron el lío rápidamente, y lo que fuera que olía a pepino hizo que el enredo
desapareciera. T enía que pedirles un poco de ese líquido. Luego cada una cogió
un secador y se pusieron a trabajar.
Mientras pasaban los minutos, y seguían descubriendo nuevas secciones de
pelo empapado, sus caras empezaron a tomar una expresión un poco
preocupada. Sonreí suspicaz. Hay algunas cosas que incluso ni los vampiros
podían acelerar. — ¡Tiene una cantidad tremenda de pelo! —comentó Rosalie con voz
ansiosa.
— ¡Jasper! —llamó claramente Alice, pero no en voz muy alta.— ¡Encuéntrame
otro secador!
Jasper vino a su rescate, alguna manera apareciendo con dos secadores más,
cada uno de ellos apuntando a mi cabeza, profundamente divertido, mientras
ellas seguían trabajando.
— Jasper… —empecé esperanzada.
— Lo siento, Bella. No tengo permitido decir nada.
Cuando todo estuvo seco y esponjoso, Jassper escapó agradecido. Mi pelo
sobresalía tres centímetros de mi cabeza.
— ¿Qué me habéis hecho? —pregunté horrorizada. Pero ellas me ignoraron,
sacando una caja de rulos calientes.
Intenté convencerlas de que mi pelo no se rizaba, pero me ignoraron,
embadurnando algo que era de un color amarillo poco saludable a través de
cada mechón antes enroscarlo alrededor de un rulo caliente.
— ¿Encontraste zapatos? —preguntó intensamente Rosalie mientras
trabajaban, como si la respuesta fuese de vital importancia.
— Sí, son perfectos —agregó Alice con satisfacción.
Miré a Rosalie en el espejo, cabeceando como si un gran peso hubiese sido
sacado de su mente.
— Tu pelo se ve bien —dije. No que no estuviese siempre ideal -pero ella lo
tenía levantado esa tarde, creando una corona de rizos dorados encima de su
perfecta cabeza.
— Gracias —me sonrió. Ahora habían empezado con la segunda tanda de rizos.
— ¿Qué piensas sobre el maquillaje? —preguntó Alice.
— Es doloroso —acoté. Ambas me ignoraron de nuevo.
— No necesita mucho, su piel está mejor desnuda —dijo divertida Rosalie.
— Pintalabios, entonces —decidió Alice.
— Y rímel y lápiz de ojos —agregó Rosalie— Solo un poco.
Suspiré fuertemente. Alice sonrió.
— Se paciente, Bella. Nos estamos divirtiendo.
— Bien, mientras vosotras os divirtáis —murmuré. T erminaron de colocar todos los
rulos ceñidamente e incómodamente sujetos a
mi cabeza.
— Ahora, vamos a vestirla —La voz de Alice se emocionó. No quería esperar a
que abandonase el baño por mi propio pie. En lugar de eso, me levantó y me
llevó a la grande habitación blanca de Rosalie y Emmett. En la cama, había un
vestido. Azul Jacinto, por supuesto.
— ¿Qué te parece? —inquirió Alice.
Esa era una buena pregunta. Era ligeramente escotado, con volantes,
aparentemente para ser llevado por debajo de los hombros, con largas mangas
que se fruncían en las muñecas. La blusa escotada estaba rodeada por otra,
con pálidas flores, en tela azul, que se plisaban juntas para formar un fino
volante en el lado izquierdo. El material florecido era más largo por la parte de
atrás, pero abierto en la parte delantera por varias capas de volantes de suave
azul, aclarado en tono cuando alcanzaban el dobladillo de la parte baja.
— Alice —gemí— ¡No puedo ponerme eso!
— ¿Por qué? —exigió en voz fuerte.
— ¡La parte de arriba es totalmente transparente!
— Esto va debajo —Rosalie levantó un pedazo de la tela azul pálido.
— ¿Qué es esto? —pregunté aterrada.
— Es un corsé, tonta —dijo Alice, impaciente.— Ahora te vas a poner esto sola
o tengo que llamar a Jasper y pedirle que te sujete mientras yo lo hago? —me
amenazó.
— Se suponía que eras mi amiga —le acusé.
— Se buena Bella —suspiró.— No recuerdo haber sido humana y estoy
intentando tener algo de diversión contigo. Además, es por tu propio bien.
Me quejé y me ruboricé mucho, pero no les llevó mucho tiempo meterme en el
vestido. Lo tenía que admitir, el corsé tenía sus ventajas.
— ¡Guau! —exhalé, mirando hacia abajo.— ¡T engo escote!
— Quien lo hubiera adivinado —Alice se rió entre dientes, encantada con su
trabajo. Aunque no estaba completamente convencida.
— ¿No creéis que este vestido en un poco demasiado… no sé, atrevido… para
Forks? —pregunté dubitativa.
— Yo creo que las palabras que estas buscando son Alta Costura —dijo Rosalie
riendo.
— No es para Forks, es para Edward —insistió Alice.— Es perfecto. Entonces, me
llevaron de vuelta al baño, donde desenroscaron los rulos con
dedos voladores. Para mi asombro, cayeron cascadas de rizos. Rosalie sujeto la
mayoría de ellos arriba, enrollándolos cuidadosamente en una media cola de
caballo que se desbordaba sobre mi espalda. Mientras ella trabajaba, Alice
pintó rápidamente una fina raya alrededor de cada uno de mis ojos, me puso
rímel, y pasó cuidadosamente un pintalabios rojo oscuro por mis labios. Luego
se fue de la habitación y volvió rápidamente con los zapatos.
— Perfectos —respiró Rosalie mientras Alice los sujetaba para admirarlos. Alice
ató el zapato asesino con experiencia, y luego miró mi escayola con
especulación en sus ojos.
— Supongo que hemos hecho lo que hemos podido —sacudió su cabeza
tristemente.— ¿No crees que Carlisle nos dejaría…? —Miró a Rosalie.
— Lo dudo —replicó Rosalie secamente. Alice suspiró.
Ambas levantaron sus cabezas entonces.
— Ya ha vuelto — yo sabía a quién se referían, y sentí el aleteo de energéticas
mariposas en mi estomago.
— Él puede esperar. Hay una cosa más importante —dijo Alice firmemente. Me
levantó otra vez –era necesario, estaba segura que no podría caminar con ese
zapato- y me llevó a su habitación, donde ella gentilmente me dejó de pie en
frente de su enorme espejo de cuerpo entero.
— Ahí—dijo— ¿La ves?
Miré fijamente a la extraña en el espejo. Ella parecía muy alta con los zapatos
de tacón, la lánguida línea del ceñido vestido contribuía a la ilusión. El escote
recto -dónde su inusual e impresionante busto atrajo mi atención otra vezhacía
ver su cuello muy largo, mientras las columnas de brillantes rizos
bajaban por su espalda. El color azul de la gasa era perfecto, destacando la
cremosidad de su piel de marfil, el rosado del sonrojo de sus mejillas. Ella
estaba muy guapa, lo tenía que admitir.
— Bien, Alice —sonreí— La veo.
— No la olvides —ordenó.
Me levantó otra vez, y me llevó al descansillo superior de las escaleras.
— ¡Date la vuelta y cierra los ojos! —ordenó a quien esperaba abajo.— Y
mantente fuera de mi mente, no lo arruines.
Alice vaciló, caminando más despacio de lo normal bajando la escalera hasta
que pudo ver que él había obedecido. Entonces voló el resto del camino.
Edward estaba esperando junto a la puerta, de espaldas a nosotras, muy alto y
de negro. Nunca antes le había visto vestir de negro. Alice me puso derecha, arreglando
la tela de mi vestido, colocando un rizo en su lugar, y entonces me
dejó ahí, mientras se fue a sentar al banco del piano a mirar. Rosalie la siguió y
se sentó con ella.
— ¿Puedo mirar? —su voz era intensa por la ansiedad, hizo que mi corazón
palpitara irregularmente.
— Sí… ahora —ordenó Alice.
Edward se giró inmediatamente, y se quedó congelado en el sitio con los ojos
abiertos de par en par. Pude sentir el adulador calor por mi cuello y teñir mis
mejillas. Él estaba magnífico; sentí un parpadeo del viejo miedo, que él fuera
solo un sueño, no era posible que fuese real. Él vestía un esmoquin negro, y
debería haber estado en una premier de cine, no a mi lado. Le miré fijamente
con aterrorizada incredulidad.
Caminó lentamente hacía mi, vacilando en un pie cuando me alcanzó.
— Alice, Rosalie…gracias —espiró sin dejar de mirarme. Oí la risa ahogada de
placer de Alice.
Dio un paso adelante, tomando con su mano fría mi mentón e inclinándose
para presionar sus labios en mi garganta.
— Eres tú —murmuró contra mi piel. Se apartó, y había un ramo de flores
blancas en su otra mano.
— Fressias —me informó mientras las fijaba en mis rizos.— Completamente
redundante, por lo que concierne a la fragancia, por supuesto. —Se inclinó
hacia atrás para verme otra vez. Sonrió con esa sonrisa que me paraba el
corazón.— Estás absurdamente hermosa.
— Me robaste las palabras —mantuve mi voz tan clara como pude manejar.—
Justo cuando me había convencido a mí misma de que eras real, te apareces
así vestido y tengo miedo de que esté soñando de nuevo.
Él me levantó rápidamente en sus brazos. Me sujetó cerca de su cara, mientras
sus ojos ardían a medida que me acercaba.
— ¡Cuidado con el pintalabios! —ordenó Alice.
Él se rió en rebeldía, pero dejó caer su boca al hueco de mi garganta en su
lugar.
— ¿Estás lista para irnos? —me preguntó.
— ¿Me va a decir alguien en algún momento cuál es la ocasión?
Él se rió otra vez, mirando por encima de su hombro a sus hermanas.
— ¿No lo ha adivinado? — No —rió tontamente Alice. Edward rió con deleite. Fruncí
el ceño.
— ¿Qué me estoy perdiendo?
— No te preocupes, lo entenderás muy pronto —me aseguró.
— Déjala en el suelo, Edward, para que pueda sacaros un foto —Esme estaba
bajando las escaleras con una cámara plateada en sus manos.
— ¿Fotos? —murmuré, mientras él me ponía cuidadosamente sobre mi pie
bueno. Estaba teniendo un mal presentimiento sobre todo esto.— ¿Aparecerás
en la foto? —pregunté sarcásticamente.
Edward me sonrió.
Esme nos tomó varias fotografías, hasta que Edward irónicamente insistió en
que se nos iba a hacer tarde.
— Nos veremos allí —dijo Alice mientras él me llevaba a la puerta.
— ¿Alice estará allí? Donde quiera que sea —Me sentí un poco mejor.
— Y Jasper, y Emmett, y Rosalie.
Mi frente se arrugó por la concentración mientras intentaba adivinar el secreto.
Él rió disimuladamente ante mi expresión.
— Bella —me llamó Esme.— Tu padre está al teléfono.
— ¿Charlie? —preguntamos simultáneamente Edward y yo. Esme me trajo el
teléfono, pero él me lo arrebató cuando ella intentó dármelo a mí,
manteniéndome lejos fácilmente con un brazo.
— ¡Oye! —protesté, pero él ya estaba hablando.
— ¿Charlie? Soy yo. ¿Qué pasa? —sonó preocupado. Mi cara palideció. Pero su
expresión pronto se volvió divertida y de repente malvada.
— Dale el teléfono, Charlie, déjame hablar con él. —Lo que fuera que estaba
pasando, Edward se estaba divirtiendo demasiado como para que Charlie
estuviera en peligro. Me relajé ligeramente.
— Hola, T yler, soy Edward Cullen —su voz era muy amistosa, en apariencia.
Pero yo ya le conocía lo bastante bien como para detectar el leve rastro de
amenaza en su tono. ¿Qué estaba haciendo T yler en mi casa? Caí en la cuenta
de la terrible verdad poco a poco.— Lamento que se haya producido algún tipo
de malentendido, pero Bella no está disponible esta noche. —El tono de su voz
cambió, y la amenaza se hizo más evidente mientras seguía hablando.— Para
serte totalmente sincero, ella no va a estar disponible ninguna noche para
cualquier otra persona que no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte la velada. —
No sonaba como arrepentido para nada. Y entonces, colgó el teléfono
con una ancha y estúpida sonrisa en su rostro.
— ¡Me estás llevando al baile de graduación! —Le acusé furiosa. Mi cara y mi
cuello se ruborizaron con cólera. Pude sentir las lágrimas de rabia que se
empezaban a acumular en mis ojos.
Él no esperaba una reacción tan fuerte, eso estaba claro. Apretó los labios con
fuerza y sus ojos se oscurecieron.
— No te pongas difícil, Bella.
— Bella, vamos todos —me animó Alice, repentinamente junto a mi hombro.
— ¿Por qué me hacéis esto? —exigí.
— Será divertido —Alice era todavía optimista.
Pero Edward se inclinó para murmurar muy despacio en mi oreja, con su voz de
seria y de terciopelo.
— Solo eres humana una vez, Bella. Compláceme. —Entonces dirigió contra mí
la fuerza de sus abrasadores ojos dorados, fundiéndose mi resistencia con su
calor.
— Bien —contesté con un mohín, incapaz de echar fuego por los ojos con la
eficacia deseada.— Me lo tomaré con calma. Pero ya veréis —les advertí
secamente.— En mi caso, la mala suerte se está convirtiendo en un hábito.
Seguramente me romperé la otra pierna. ¡Mira este zapato! ¡Es una trampa
mortal! —Levanté la pierna para reforzar la idea.
— Mmm —miró atentamente mi pierna más tiempo del necesario, entonces
miró a Alice con ojos brillantes— Una vez más, gracias.
— Llegaréis tarde donde Charlie —nos recordó Esme.
— Está bien, vamos —me levantó y me llevó hacia la puerta.
— ¿Está Charlie al tanto de todo esto? —pregunté con los dientes apretados.
— Por supuesto —contestó con una mueca.
Estaba preocupada, por lo que no me di cuenta al principio. Solo fui consciente
de un coche plateado, y asumí que era el Volvo. Pero entonces se detuvo tan
abajo al acomodarme dentro del coche que pensé que me iba a sentar en el
suelo.
— ¿Qué es esto? —pregunté, sorprendida de encontrarme en un coupe que no
me era famialiar.— ¿Dónde está el Volvo?
— El Volvo es mi coche de diario —me dijo con cuidado, por si podía tener otro
ataque.— Este es el coche para ocasiones especiales.— ¿Qué pensará Charlie? —sacudí
la cabeza con desaprobación mientras me
subía al coche y encendía el motor. Ronroneó.
— Ah, la mayor parte de la gente en Forks piensa que Carlisle es un codicioso
coleccionista de coches. —Se apresuró por el bosque hacía la carretera.
— ¿Y no lo es?
— No, en realidad ese es más mi hobby. Rosalie también colecciona coches,
pero ella prefiere perder el tiempo con sus entrañas antes que conducirlos. Ha
hecho un excelente trabajo con éste.
T odavía me estaba preguntando por qué íbamos a casa de Charlie cuando
aparcó en frente de ella. La luz de porche estaba encendida, aunque aún no
había anochecido. Charlie seguramente estaba esperando, probablemente en
ese momento estaría espiando por la ventana. Empecé a ruborizarme,
preguntándome si la primera reacción de mi padre hacía el vestido no sería
similar a la mía. Edward rodeó el coche, demasiado despacio para él, para
abrirme la puerta -confirmando mi sospecha de que Charlie estaba
mirándonos.
Entonces, mientras Edward me sacaba cuidadosamente fuera del pequeño
coche, Charlie -muy fuera de lo común- salió a la entrada para recibirnos. Mis
mejillas ardían; Edward se dio cuenta y me miró interrogante. Pero no
necesitaba estar preocupada. Charlie no me había visto aún.
— ¿Es esto un Aston Martin? —Preguntó a Edward con una voz reverente.
— Sí, el Vanquish —Las comisuras de su boca se elevaron, pero logró
controlarlo.
Charlie lanzó un silbido por lo bajo.
— ¿Quieres probarlo? —Edward levantó la llave ofreciéndosela.
Los ojos de Charlie finalmente se apartaron del coche. Miró a Edward con
incredulidad –ruborizado por una diminuta esperanza.
— No —dijo reacio— ¿Que diría tu padre?
— Carlisle no tendría inconveniente —dijo Edward sinceramente, entre risas.—
Adelante.
Edward apretó la llave en la dispuesta mano de Charlie.
— Bueno, solo una vuelta rápida… —Charlie ya acariciaba la carrocería con una
mano.
Edward me ayudó a llegar cojeando a la puerta principal, levantándome en
brazos tan pronto como estuvimos dentro, y llevándome a la cocina. — Eso estuvo muy
bien —dije.— Charlie no tuvo la oportunidad de flipar con mi
vestido.
Edward parpadeó.
— No había pensado en eso —admitió. Sus ojos recorrieron de nuevo mi vestido
con una expresión crítica.— Supongo que ha estado bien que no cogiéramos la
furgoneta, clásica o no.
Miré más allá de su rostro con desgano, para darme cuenta de que la cocina
estaba inusualmente iluminada. Había velas en la mesa, muchas, quizás veinte
o treinta velas blancas. La vieja mesa estaba oculta por un largo mantel
blanco, al igual que las dos sillas.
— ¿Es en esto en lo que has estado trabajando hoy?
—No, esto solo me llevó medio segundo. Fue la comida lo que me llevó todo el
día. Se lo desagradables que te resultan los restaurantes elegantes, no hay
muchas opciones que cuadren en esa categoría por aquí, pero decidí que no
podías quejarte sobre tu propia cocina.
Me sentó en una de las blancas sillas envueltas, y empezó a sacar cosas del
frigorífico y del horno. Me di cuenta que había solo cubiertos para una persona.
— ¿No vas a alimentar a Charlie, también? T endrá que volver a casa en algún
momento.
— Charlie no puede comer nada más. ¿Quién piensas que fue mi degustador?
T enía que estar seguro de que todo era comestible.— Puso un plato delante de
mí, lleno de cosas que parecían muy comestibles. Suspiré.
— ¿T odavía estás enfadada? —pasó la otra silla alrededor de la mesa para
poder sentarse junto a mí.
— No. Bueno, sí, pero no en este momento. Estaba solo pensando –ahí va la
única cosa que podía hacer mejor que tú. Esto tiene buena pinta. —Suspiré otra
vez.
El se rió entre dientes.
— Aún no lo has probado -se optimista, puede que esté horrible.
Comí un trozo, me detuve, y entonces hice una mueca.
— ¿Está horrible? —preguntó asustado.
— No, está fabuloso, naturalmente.
—Es un alivio —sonrió, tan perfecto.— No te preocupes, todavía hay muchas
cosas en las que eres mejor que yo.
— Nombra una.No contestó inmediatamente, solo acarició suavemente su frió dedo por
la
línea de mi clavícula, sosteniendo mi mirada con ojos ardientes hasta que sentí
cómo mi piel ardía y se sonrojaba.
—Una es esta —murmuró, tocando el carmesí de mi mejilla.— Nunca he visto a
nadie ruborizarse tan bien como lo haces tú.
— Genial, —fruncí el ceño—reacciones involuntarias, algo de lo que puedo
estar orgullosa.
— T ambién eres la persona más valiente que conozco.
— ¿Valiente? —tosí.
— Pasas todo tu tiempo libre en compañía de vampiros; eso precisa coraje. Y
no vacilas en ponerte a una proximidad peligrosa de mis dientes…
Sacudí mi cabeza.
— Sabía que no podías encontrar algo.
Se rió.
— Estoy hablando en serio, lo sabes. Pero no importa. Come. —Me cogió el
tenedor, impaciente, y empezó a alimentarme. La comida estaba perfecta, por
supuesto.
Charlie volvió a casa cuando ya había casi acabado. Miré su rostro con cuidado,
pero mi suerte se mantenía, estaba demasiado deslumbrado por el coche como
para darse cuenta de cómo estaba vestida. Le devolvió las llaves a Edward.
— Gracias, Edward —sonrió soñador.— Eso sí que es un coche.
— De nada.
— ¿Cómo estaba todo? —Charlie miró mi plato vacío.
— Perfecto —Suspire.
— Ya sabes, Bella, puedes dejarle que practique para nosotros de nuevo alguna
vez —insinuó.
Dirigí a Edward una mirada oscura.
— Estoy segura de que lo hará, papá.
No fue hasta que estuvimos al otro lado de la puerta cuando Charlie se
despertó completamente. Edward tenía su brazo alrededor de mi cintura, como
equilibrio y apoyo, mientras cojeaba en el inestable zapato.
— Mmm, pareces… muy mayor, Bella. —Podía oír el principio del discurso de
desaprobación paternal. — Alice me vistió. No pude decir mucho.
Edward rió tan bajo que apenas lo escuché.
— Bueno, si Alice… —se arrepintió y se ablandó. — Estás muy guapa, Bells—se
detuvo con un rayo astuto en sus ojos.— Así que, ¿debería estar esperando
que aparezca algún otro joven más con esmoquin esta noche?
Gemí mientras Edward reía disimuladamente. Cómo podía alguien ser tan
inconsciente como T yler, no lo podía entender. En realidad, Edward y yo nunca
lo mantuvimos en secreto en el instituto. Íbamos y volvíamos juntos, me
acompañaba a todas mis clases, me sentaba con él y su familia en la comida, y
Edward tampoco era precisamente tímido en cuanto a besarme ante testigos.
T yler claramente necesitaba la ayuda de un profesional.
— Espero que no —Edward dijo mientras sonreía a mi padre.— Hay un
frigorífico repleto de sobras, que se sirvan ellos mismos.
— No creo que eso sea posible, esos restos son míos —murmuró Charlie.
— Apunta los nombres para mi, Charlie —el indicio de amenaza en su voz era
probablemente sólo audible para mí.
— Ah, ¡suficiente! —ordené.
Afortunadamente, por fin nos metimos en el coche y nos fuimos.