La Beca

Esta es la sección más larga que corté de “Luna Nueva”. Es la mayor parte del
capítulo seis original, “Declaración”, más siete escenas cortas que continuaban
el argumento de “la beca” a lo largo de la novela, completamente al fin. Pienso
que todo era un poco divertido, pero mis editores no estaban de acuerdo. No
era necesario, así que fue sacrificado en el altar de la edición.
Stephenie Meyer


Escena Uno:
El día siguiente de que Bella fuese a ver la película de zombis con Jessica
T odavía echaba de menos Phoenix en raras ocasiones, cuando era provocado.
Ahora, por ejemplo, cuando me dirigía al Banco Federal de Forks a depositar mi
cheque de pago. Qué no daría yo por la conveniencia de un deseado, cajero
automático. O por lo menos el anonimato de un extraño detrás de la mesa.
— Buenas tardes, Bella —me saludó la madre de Jessica.
— Hola, señora Stanley.
— Es muy agradable que salieras con Jessica anoche. Hacía mucho tiempo.

—Me sacó la lengua, sonriendo para hacer con esto un sonido amistoso. Algo en
mi expresión tenía que estar mal, porque la sonrisa fue repentinamente dura, y
deslizó su mano nerviosamente a través de su pelo, donde se atascó durante
un minuto; su pelo era exactamente tan rizado como el de Jessica, y rociado
para arreglar sus rígidos rizos.
Sonreí otra vez, comprendiendo también que era un segundo tarde. Mi tiempo
de reacción estaba oxidado.
— Sí —sonreí con la esperanza de que mi tono fuese sociable.— He estado muy
ocupada, ya sabes. El instituto… el trabajo… —Me apresuré para pensar en
añadir algo más a mi corta lista, pero me había quedado en blanco.
— Seguro, —sonrió más cálidamente, probablemente feliz de que mi respuesta
sonara algo más normal y bien ajustada.De repente se me ocurrió que quizá no estaba bromeando conmigo cuando asumí cuál era la razón tras su sonrisa. Quién sabe qué le habría dicho Jessica
sobre la noche anterior. Sea lo que fuera, no estaba totalmente sin confirmar.
Era la hija de la excéntrica ex de Charlie -la demencia puede ser genética. La
primera socia de anormales del pueblo; salté el pasado rápidamente,
estremeciéndome. Víctima reciente de un coma andante. Decidí que había un
argumento bastante bueno para estar loca, aún sin contar las voces que oía
ahora, y me pregunté si la señora Stanley pensaba realmente eso.
Debió haber visto la especulación en mis ojos. Miró rápidamente hacia otro
lado, afuera, hacia las ventanas de detrás de mí.
— Trabajo —repetí, llamando de nuevo su atención mientras ponía el cheque
sobre el mostrador.— Por eso es por lo que estoy aquí, por supuesto.
Sonrió de nuevo, su barra de labios se estaba agrietando a medida que
progresaba el día, y estaba claro que había pintado sus labios mucho más de lo
que estaban en realidad.
— ¿Cómo le van las cosas a los Newton? —preguntó alegremente.
— Bien, recogiendo lo de temporada. —Dije automáticamente, aunque ella
pasaba todos los días por el aparcamiento del Olimpyc Outfitter -podría habervisto coches desconocidos. Probablemente conocía la bajada y el flujo de los negocios de campistas mucho más que yo.
Movió la cabeza ausentemente mientras tecleaba las claves en el ordenador
frente a ella. Mis ojos deambulaban a través del mostrador marrón oscuro, con
sus más de setenta líneas naranja brillante adornando los bordes. Las paredes
y la alfombra habían sido modernizadas con un gris más neutro, pero el
mostrador atestiguaba el decorado original de la construcción.
— Mmm,… —murmuró la señora Stanley en un tono más alto de lo normal.
Volví para echarle un vistazo, sólo medio interesada, preguntándome si habría
una araña en el escritorio que la había asustado.
Pero sus ojos todavía estaban pegados a la pantalla del ordenador. Sus dedos
ahora estaban inmóviles, su expresión sorprendida e incómoda. Esperé, pero
no dijo nada más.
— ¿Algo está mal? —¿Estaban tratando los Newton de pasar cheques sin
fondos?
— No, no —farfulló rápidamente, mirándome con un extraño resplandor en los
ojos. Parecía estar reprimiendo algún tipo de emoción. Eso me recordó a Jessica
cuando tenía algún nuevo chisme que se moría por compartir.
— ¿Quieres que te imprima tu saldo? —Preguntó la señora Stanley
ansiosamente. No era mi hábito -mi cuenta crecía tan predecible y lentamente que no
era difícil hacer el cálculo en mi cabeza. Pero el cambio en su tono me
hizo curiosa. ¿Qué había en la pantalla del ordenador que la fascinaba?
— Claro —coincidí.
T ecleó una clave, y la impresora escupió rápidamente un corto documento.
— Aquí tienes. —Arrancó el papel con tanta prisa que lo rasgó por la mitad.

—Oops, lo siento mucho.
Revoloteó alrededor de la mesa, sin encontrarse nunca con mi mirada curiosa,
hasta que encontró un rollo de cinta. Pegó los dos trozos de papel juntos y los
empujó hacia mí.
— Eh,… ¡gracias! —murmuré.
Con el trozo de papel en la mano, giré y me dirigí a la puerta principal, echando
una rápida mirada para ver si podía decir cuál era el problema de la señora
Stanley.
Pensaba que mi cuenta debía tener sobre mil quinientos treinta y cinco dólares.
Me equivoqué, eran treinta y seis con cincuenta, en vez de treinta y cinco.
Y había veinte de los grandes extra, también.
Me quedé helada en el sitio, intentando entender los números. La cuenta
estaba veinte mil dólares por encima antes de mi depósito de hoy, los que
entonces habían sido agregados correctamente.
Durante un minuto consideré cerrar mi cuenta inmediatamente. Pero,
suspirando una vez, volví al mostrador donde la señora Stanley estaba
esperando con brillantes e interesados ojos.
— Aquí tiene que haber un error del ordenador, señora Stanley —le dije,
devolviéndole la hoja de papel.— Sólo deben ser los mil quinientos treinta y
seis con cincuenta.
Sonrió con complicidad.
— Sí, creo que parece un poco raro.
— En mis sueños, estaría bien —sonreí también, impresionándome a mí misma
con la normalidad de mi tono.
Tecleó enérgicamente.

— Veo el problema… hace tres semanas aparece un depósito de veinte mil
de… Mmm, otro banco según parece. Imagino que alguien dio los números mal.
— ¿Cuántos problemas tendré si retiro el dinero? —Me burlé.
Se rió ausentemente mientras continuaba tecleando.— Mmm —dijo otra vez, su frente
se arrugó en tres profundas rayas.— Esto
parece que fue una transferencia por cable. No tenemos muchas de éstas.
¿Sabes qué? Voy a hacer que la señora Gerandy le eche un vistazo… —su voz
se arrastró mientras se giraba lejos del ordenador, su cuello se estiró para
examinar la puerta abierta detrás de ella.—¿Charlotte, estás ocupada? —la
llamó.
No hubo respuesta. La señora Stanley cogió el extracto y caminó rápidamente
a través de la puesta trasera donde debían estar las oficinas.
Miré la puerta durante un minuto, pero no reapareció. Giré alrededor y miré
ausentemente fuera de las ventanas delanteras, viendo la lluvia deslizarse
hacia abajo por el cristal. La lluvia caía en impredecibles riachuelos, a veces
inclinada por el viento. No llevé la cuenta del tiempo mientras esperaba.
Intenté mantener mi mente flotando en blanco, pensando en nada, pero
parecía que no podía volver a ese estado de semi inconsciencia.
Finalmente oí voces detrás de mí otra vez. Me giré para ver a la señora Stanley
y a la mujer del Dr. Gerandy sacando archivos de la habitación delantera con la
misma sonrisa educada en ambas caras.
— Lo siento por esto, Bella —dijo la señora Gerandy.— Debo aclarar esto arriba
con una llamada telefónica verdaderamente corta. Puedes esperar si quieres.
—Gesticuló a la hilera de sillas de madera contra la pared. Parecía que
pertenecían a la mesa del cuarto de estar de alguien.
— Vale —asentí.
Caminé entre las sillas y me senté justo en la de en medio, deseando de
repente tener un libro. No había leído nada durante un tiempo, fuera del
instituto. E incluso después, cuando algunas ridículas historias de amor eran
parte del plan de estudios, haría trampas con notas de roca. Era un alivio estar
trabajando en Granja animal ahora. Pero tenía que haber otros libros seguros.
Novelas políticas. Misteriosos asesinatos. Los asesinatos horripilantes no eran
un problema; justo tanto tiempo como no había estrellado los ojos con el que
tratar un argumento secundario romántico.
Esperé tanto tiempo que me irrité. Estaba cansada de mirar la aburrida
habitación gris, sin una pintura que aliviase las blancas paredes. No podía ver a
la señora Stanley mientras se arrastraba a través de las pilas de papeles,
parándose de vez en cuando para meter alguna cosa en el ordenador -me
miraba alguna vez, y tras ver mi mirada, parecía incómoda y abandonaba un
archivo. Podía oír la voz de la señora Gerandy, un tenue murmullo que se
desviaba fuera de la habitación trasera, pero no era lo suficientemente claro
para decirme nada de la manera en que había mentido acerca de la longitud
necesaria de la llamada telefónica. Había sido tan largo que cualquiera podría
estar esperando mantener en blanco su mente, y si esto no terminaba pronto, yo no sería
capaz de ayudar. Podía tener que pensar. Estaba siendo presa del
pánico rápidamente, intentando subir con seguridad el objeto del pensamiento.
Estaba salvada con la reaparición de la señora Gerandy. Le sonreí agradecida
cuando asomó su cabeza por la puerta, su fino y blanco pelo captaron mi
atención al mismo tiempo.
— Bella, ¿Te importaría venir al despacho conmigo? —preguntó, y me di cuentade que tenía el teléfono apretado contra su oreja.
— Claro —murmuré mientras ella desaparecía.
La señora Stanley tuvo que abrir la mitad de las puertas del final del mostrador
para dejarme pasar. Su sonrisa era ausente, no se encontró con mis ojos. Yo
estaba absolutamente segura de que estaba planeando escuchar a escondidas.
Mi mente corrió a través de todas las posibilidades concebibles mientras corría
hacia la parte de atrás de a la oficina. Alguien estaba blanqueando dinero a
través de mi cuenta. O quizá Charlie estaba aceptando sobornos y yo estaba
perdiendo su cubierta. Aunque ¿Quién tendría esa clase de dinero con el que
sobornar a Charlie? Quizá Charlie era acosado, cogiendo sobornos, y utilizando
mi cuenta para blanquear el dinero. No, no podía imaginar a Charlie siendo
acosado. Quizá era Phil. ¿Cómo de bien conocía a Phil, después de todo?
La señora Gerandy estaba aún al teléfono, y ella me indicó con el mentón, la
silla de tijera de metal que encaraba su escritorio. Estaba garabateando
rápidamente en el reverso de un sobre. Me senté, preguntándome si Phil tenía
un oscuro pasado, y si yo iba a ir a la cárcel.
— Gracias, sí. Bien, creo que eso es todo. Sí, sí. Muchas gracias por su ayuda.
—La señora Gerandy derrochó una sonrisa en el receptor de teléfono antes del
colgar. No parecía enfadada o sombría. Más bien excitada y confusa. Lo que me
recordó a la señora Stanley en el vestíbulo. Jugueteé por un segundo con saltar
a través de la puerta y asustarla.
Pero la señora Gerandy habló.
— Bien, creo que tengo unas muy buenas noticias para ti… aunque no puedo
imaginar cómo no habías sido informada de esto. —Me miró críticamente, como
si esperase que me golpease la frente y dijese, ¡o ESOS veinte mil! ¡Se me
olvidó completamente!
— ¿Buenas noticias? —puntualicé. Las palabras implicaban que este misterio
era bastante complicado de desentrañar para ella, y daba la impresión de que
yo era más rica de lo que habíamos pensado unos minutos antes.
— Bueno, si realmente no lo sabes… entonces ¡felicidades! T e ha sido
concedida una beca de… —miró hacia abajo a sus notas garabateadas— el
Pacific Northwest Trust.— ¿Una beca? —Repetí con incredulidad.
— Sí, ¿No es excitante? Dios mío, ¡serás capaz de ir a la universidad que
quieras!
Fue en ese preciso momento, mientras ella sonreía de oreja a oreja de felicidad
por mi buena fortuna, cuando supe exactamente de dónde venía el dinero. A
pesar de la repentina prisa del enfado, sospecha, ultraje y dolor, intenté hablar
calmadamente.
— Una beca que deposita veinte mil dólares en efectivo en mi cuenta —
destaqué.— En lugar de pagarlo al instituto. Sin ninguna forma de cerciorarse
de que utilizo todo el dinero para la universidad.
Mi reacción la ruborizó. Parecía estar ofendida por mis palabras.
— Sería muy imprudente no usar ese dinero para el propósito destinado, Bella,
querida. Esto es una oportunidad única en la vida.
— Por supuesto —dije ácidamente.— ¿Y mencionó esta… Pacific Northwest
Trust por qué me eligieron a mí?
Miró sus notas otra vez, y frunció un poco el ceño debido a mi tono.
— Es muy prestigiosa, ellos no conceden una beca como ésta todos los años.
— Apostaré.
Me echó un vistazo y retiró la mirada rápidamente.

— El banco de Seattle que maneja los fondos, me explicó el hombre que
administra las asignaciones de beca. Él dijo que esta beca se concede basada
en los méritos, género y emplazamiento. Está destinada a mujeres estudiantes
de pueblos pequeños que no tienen las oportunidades disponibles de las
grandes ciudades.
Parecía que alguien pensaba que él estaba siendo divertido.
— ¿Méritos?” —Pregunté con desaprobación.— T engo un tres con siete puntos
de promedio. Puedo llamar a tres chicas en Forks que tienen mejores notas que
yo, y una de ellas es Jessica. Además, nunca solicité esta beca.
Ella estaba muy ruborizada ahora, cogiendo el bolígrafo y dejándolo otra vez,
inquietante el colgante que llevaba entre su pulgar y su índice. Ojeó a través
de sus notas otra vez.
— Él mencionó que… —fijó sus ojos en el sobre, insegura de qué hacer con mi
actitud.— No aceptan solicitudes. Funcionan mediante las solicitudes
rechazadas de otras becas y escogen a los estudiantes que sienten que han
sido injustamente pasados por alto. Ellos obtuvieron tu nombre de una solicitud que
enviaste para la ayuda financiera basada en méritos para la Universidad
de Washington.
Sentí que los extremos de mi boca descendían. No había sabido que la solicitud
había sido rechazada. Era algo que había rellenado hace mucho tiempo,
antes...
Y no había hecho el seguimiento con ningunas otras posibilidades, aunque las
fechas tope estaban pasando. No parecía poder enfocar el futuro. Pero la
Universidad de Washington era el único lugar que podría mantenerme cerca de
Forks y de Charlie.
— ¿Cómo conseguían las solicitudes rechazadas? —Pregunté con monotonía.
— No estoy segura, querida. —La señora Gerandy estaba infeliz. Quería
excitación y había obtenido hostilidad. Deseaba tener la manera de explicarle
que la negatividad no tenía nada que ver con ella.— Pero el administrador dejó
su número por si tenía algunas preguntas, puedes llamarle tú misma. Estoy
segura de que puede asegurarte lo que este dinero significa realmente para ti.
No estaba dudando de eso.
— Querría ese número.
Escribió rápidamente en un trozo rasgado de papel. Hice una nota mental de
un donativo anónimo para el banco, un cuaderno de post-it.
El número era de larga distancia.
— ¿Supongo que no dejó una dirección de correo electrónico? —Pregunté
escéptica. No quería aumentar las facturas de Charlie.
— En realidad lo hizo —sonrió, feliz de tener algo que yo parecía querer.
Alcanzó a través de la mesa para escribir otra línea en mi trozo de papel.
— Gracias, me pondré en contacto con él tan pronto como llegue a casa. —Mi
boca era una línea dura.
— Cariño,… —dijo la señora Gerandy dudando.— Deberías estar feliz con esto.
Es una gran oportunidad.
— No voy a coger veinte mil dólares que no me he ganado —repliqué,
intentando mantener el rastro de indignación fuera de mi voz.
Se mordió el labio, y miró abajo otra vez. Pensaba que yo estaba loca, también.
Bueno, estaba dispuesta a hacerla decirlo en alto.
— ¿Qué? —exigí.
— Bella… —hizo una pausa y esperó con los dientes apretados.

— Essustancialmente más que veinte mil dólares.— ¿Perdón? —Me atraganté.— ¿Más?
— Veinte mil dólares es solamente el pago inicial, en realidad. A partir de ahora
recibirás cinco mil dólares todos los meses hasta que termines tu carrera
universitaria. Si te matriculas en cursos de postgrado, ¡la beca continuará
pagándote por ello! —Se estaba emocionando otra vez, mientras me decía
esto.
No pude hablar al principio, estaba muy furiosa. Cinco mil dólares al mes que
abarcaban un tiempo ilimitado. Quería romper algo.
— ¿Cómo? —Me las arreglé para decir.
— ¿No entiendes lo que significa eso para ti?
— ¿Cómo obtendré cinco mil dólares al mes?
— Se transferirán a tu cuenta —respondió, perpleja.
Hubo un corto segundo de silencio.
— Cerraré esta cuenta ahora —dije con voz llana.
Me llevó quince minutos convencerla de que estaba seria. Ella tenía un
interminable suministro de razones por la que eso era una mala idea.
Argumenté acaloradamente hasta que finalmente se me ocurrió que ella
estaba preocupada por darme los veinte mil. ¿Llevaron ellos esa cantidad en
mano?
— Mire, señora Gerandy —la tranquilicé— Sólo quiero retirar mis mil quinientos.
Realmente apreciaría si transfirieras ese dinero de nuevo a donde procede. Lo
resolveré con esto —verifiqué el trozo de papel.— El señor Isaac Randall.
Realmente esto es un misterio.
Esto pareció que la relajó.
Alrededor de veinte minutos después, con un rollo de mil quinientos dólares, un
de veinte, uno de diez, uno de cinco, uno de uno, y cincuenta centavos en mi
bolsillo, escapé del banco con alivio. La señora Stanley y la señora Gerandy
permanecieron juntas en el mostrador, mirándome fijamente después con
grandes ojos.
Escena Dos
Esa misma noche, después de comprar las motos y de visitar a Jacob por
primera vez
Cerré la puerta detrás de mí, y saqué de mi bolsillo mi fondo para la
universidad. Parecía un bonito rollo pequeño en la palma de mi mano. Lo metí
dentro de la punta de un calcetín desparejado y lo empujé al fondo del cajón de
mi ropa interior. Probablemente no era el lugar más original para esconderlo,
pero ya me preocuparía por pensar algo más creativo más tarde.
En mi otro bolsillo estaba el trozo de papel con el teléfono de Isaac Randall y su
dirección de correo electrónico. Lo rebusqué y lo coloqué en el teclado de mi
ordenador, después pulsé el botón de encendido, dando un golpecito con mi
pie mientras la pantalla volvía lentamente a la vida.
Cuando estuvo conectada, abrí mi cuenta de correo gratuita. Me retrasé,
tomándome tiempo en borrar la montaña de spam que se había construido en
los pocos días desde que había escrito a Reneé. Finalmente había terminado mi
ocupado trabajo, y arranqué una caja nueva de la composición.
La dirección de correo llevaba su nombre, así que asumí que iría directamente
al hombre que necesitaba.
Querido Sr. Randall,

Espero que recuerde la conversación que tuvo esta tarde con la señora
Gerandy del Banco Federal de Forks. Mi nombre es Isabella Swan, y
aparentemente usted tiene la impresión de que me ha sido concedida una
generosa beca de la compañía Pacific Northwest Trust.
Lo siento, pero no puedo aceptar esta beca. He preguntado si el dinero que
había recibido por transferencia se podía devolver a la cuenta de la que vino y
liquidé mi cuenta en el Banco Federal de Forks. Por favor conceda la beca a un
candidato diferente.
Gracias.
Isabella Swan

Me llevó algunos intentos conseguir que sonase bien y formal, y con un final sin
ambigüedades. La leí dos veces antes de enviarla. No estaba segura de qué
clase de indicaciones había recibido el señor Randall sobre las becas falsas,
pero yo no podía ver ningún resquicio en mi respuesta.
Escena Tres:
Pocas semanas antes de la cita de Bella y Jacob con las motocicletas
Cuando volví, cogí el correo rápidamente. Pasé precipitadamente las facturas y
la propaganda, hasta que vi la carta de debajo del montón.
Era un sobre normal de empresa, dirigido a mí -mi nombre estaba escrito a
mano, lo cual era inusual. Miré la dirección del remitente con interés. Interés
que rápidamente se tornó en una náusea nerviosa. La carta provenía de la
Oficina de Asignaciones de Becas del Pacific Northwest Trust. No estaba la
dirección de la calle bajo el nombre.
Probablemente fuese un reconocimiento formal de mi renuncia, me dije a mí
misma. No había razón para sentirse nerviosa. Ninguna razón, excepto el
pequeño detalle que pensando sobre cualquier parte de esto bastante a fondo
quizá me mande hacia abajo en una espiral a la tierra del autómata. Sólo eso.
Dejé el resto del correo en la mesa, para Charlie. Apilé mis libros en la mesa de
la sala de estar, y corrí escaleras arriba. Una vez que estuve en mi habitación,
cerré la puerta y rasgué el sobre para abrirlo. Tuve que acordarme de
permanecer enfadada. El enfado era la clave.
Estimada Señorita Swan,
Permítame felicitarla formalmente por haberle sido concedida la prestigiosa
Beca J. Nicholls del Pacific Northwest Trust. Esta beca sólo es concedida
excepcionalmente, y debería sentirse orgullosa de saber que el Comité de
Asignaciones escogió para este honor su nombre unánimemente.
Ha habido algunas pequeñas dificultades para concederle su dinero de la beca,
pero por favor no se preocupe. Me he tomado la molestia de ver que usted
pone los menores inconvenientes posibles. Por favor encuentre el cheque
bancario adjunto de veinticinco mil dólares; la concesión inicial más su primer
mes de asignación.
Una vez más la felicito por su logro. Por favor, acepte los mejores deseos de
todo el Pacific Northwest Trust por su futura carrera universitaria.
Sinceramente,
I. Randall

El enfado no era problema.

Miré en el sobre, y bastante segura, había un cheque dentro.
— ¿Quién es esta gente? —gruñí entre mis dientes apretados, arrugando la
carta con una mano, en una apretada pelota.Con furia busqué mi papelera para encontrar
el número de teléfono del señor I.
Randall. Sin preocuparme de que fuese de larga distancia -esto iba a ser una
conversación realmente corta.
— ¡Oh, mierda! —silbé. La papelera estaba vacía. Charlie había sacado mi
basura.
Tiré el sobre con el cheque sobre la cama y alisé la carta otra vez. Estaba en el
papel de la compañía, con Departamento de Asignaciones de Becas Pacific
Northwest escrito en verde oscuro cruzando la parte superior, pero no había
más información, sin dirección, sin número de teléfono.
— ¡Mierda!
Caí desanimada sobre el borde de mi cama e intenté pensar con claridad.
Obviamente, ellos me ignoraban. No podía haber dejado mis sentimientos más
claros, así que esto no era una mala comunicación. Probablemente daría igual
si llamase.
Así que sólo había una cosa que hacer.
Volví a arrugar la carta, destrozando el sobre con el cheque, también, y me
moví sigilosamente escaleras abajo.
Charlie estaba en la sala de estar, con la televisión a todo volumen.
Fui al fregadero de la cocina, y tiré las bolas de papel en él. Después registré
nuestro cajón de varios trastos hasta que encontré una caja de cerillas. Encendí
una, y la empujé cuidadosamente en una grieta del papel. Encendí otra, e hice
lo mismo. Casi fui a por la tercera, pero el papel estaba ardiendo muy
alegremente, así que realmente no la necesitaba.
— ¿Bella? —Llamó Charlie por encima del sonido de la televisión.
Abrí rápidamente la llave del grifo, teniendo una sensación de satisfacción
mientras la fuerza del agua rompía las llamas en una sustancia pegajosa, lisa y
grisácea.
— ¿Sí, papá? —Empujé las cerillas de nuevo al cajón, y lo cerré rápidamente.
— ¿Hueles humo?
— No, papá.
— Mmm…
Aclaré el fregadero, asegurándome de que toda la ceniza se había ido por el
desagüe.Volví a mi habitación, sintiéndome un poco más tranquila. Podían enviarme
todos los cheques que quisiesen. Pensé gravemente. Siempre podía conseguir
más cerillas cuando se agotasen.
Escena Cuatro:
Durante el periodo de tiempo que Jacob la evitaba
En el umbral de la puerta había un paquete de FedEx. Lo cogí con curiosidad,
esperando un remite desde Florida, pero fue enviado desde Seattle. No había
enumerados remitentes fuera de la caja.
Estaba dirigido a mí, no a Charlie, así que lo puse sobre la mesa y rasgué la
lengüeta que atravesaba el cartón para abrirlo.
T an pronto como vi el logotipo del Pacific Northwest Trust, sentí como si la gripe
estomacal estuviese volviendo. Caí en la silla más cercana sin mirar la carta, la furia se estaba construyendo lentamente.
No pude ni traerla para leerla, aunque no estaba lejos. Lo saqué, puse mi cara
sobre la mesa, y miré detrás de la caja con reticencia, para ver qué había en el
fondo. Era un abultado sobre manila. Debía abrirlo, pero estaba tan enfurecida
que lo tiré fuera de todos modos.
Mi boca era una línea dura mientras rasgaba a través del papel sin molestarme
en abrir la solapa. T enía bastante con lo que tratar en ese momento. No
necesitaba el recuerdo o la irritación.
Estaba impresionada, y de todas formas todavía sorprendida. Qué podría ser
esto -tres delgados montones de facturas, colocadas ordenadamente con
anchas gomas. No tenía que mirar los valores. Sabía exactamente cuánto
estarían tratando de forzar en mis manos. Serían treinta mil dólares.
Levanté el sobre cuidadosamente como una rosa y giré para dejarlo caer en el
fregadero. Las cerillas estaban justo en la parte superior del cajón de varios,
justo donde las había dejado antes. Saqué una y la encendí.
Ardía cada vez más cerca de mis dedos mientras miraba fijamente el odioso
sobre. No podía hacer que mis dedos la dejaran caer. Agité la cerilla fuera
antes de que me quemase, mi cara se retorcía en un gesto de disgusto.
Cogí la carta de la mesa, arrugándola en una pelota y lanzándola al otro
fregadero, encendí otra cerilla y la empujé en el papel, mirando con severa
satisfacción mientras ardía. Un pequeño fuego. Alcancé otra cerilla. De nuevo,
ardió cerca de mis dedos antes de que la tirase a las cenizas de la carta. No me
podía causar a mí misma acabar de quemar treinta mil dólares. Así que, ¿qué iba a hacer
con esto? No había dirección para devolverlo, estaba
bastante segura de que la compañía no existía realmente.
Y después se me ocurrió que tenía una dirección.
Metí el dinero de nuevo en la caja de FedEx, rompiendo la etiqueta por si
alguien más lo encontraba, sería imposible para ellos relacionarlo conmigo, y
me dirigí de vuelta a mi camioneta, refunfuñando incoherentemente todo el
camino. Me prometí a mí misma que haría algo especialmente imprudente con
mi motocicleta esta misma semana. Comenzaría a saltar peligrosamente si
debía.
Odiaba todas las pulgadas de conducción mientras atravesaba los tenebrosos
árboles, apretando mis dientes, hasta que me estaba doliendo la mandíbula.
Las pesadillas serían fuertes esta noche, me preguntaba. Los árboles abrían en
los helechos, y conducía enfurecidamente a través de ellos, permitiéndome
una doble línea de aplastados tallos rezumando detrás de mí. Paré delante de
las escaleras, dejándolo en punto muerto.
La casa parecía la misma, dolorosamente vacía, muerta. Sabía que estaba
proyectando mis propios sentimientos sobre su apariencia, pero eso no cambia
la manera en que la veía. Cuidadosa de no mirar a través de las ventanas,
caminé a la puerta principal. Deseé desesperadamente durante un solo minuto
ser un zombi otra vez, pero la insensibilidad estaba caducada hacía tiempo.
Coloqué la caja en el umbral de la casa abandonada y giré para irme.
Paré en el escalón superior, no podía dejar solo un montón de dinero en
efectivo delante de la puerta. Eso era casi tan malo como quemarlo.
Con un suspiro, bajé mis ojos, y cogí la ofensiva caja. Quizá pudiese solo
donarlo anónimamente para una buena causa. Una caridad para la gente con
enfermedades sanguíneas, o algo así.
Pero estaba sacudiendo mi cabeza mientras volvía al interior de mi camioneta.

Era su dinero, y maldita sea, no lo conservaría. Si lo hubiesen robado de su
porche, sería culpa suya, no mía.
Mi ventana estaba abierta, y antes de irme, tiré la caja tan fuerte como pude
hacia la puerta. Nunca tuve buena puntería. La caja golpeó fuerte contra la
ventana delantera, haciendo un agujero tan grande que parecía que había
lanzado una lavadora.
— ¡Oh, mierda! —grité fuerte, cubriendo mi cara con las manos.
Debería haber sabido que no importaba qué hiciese, sólo haría las cosas peor.
Afortunadamente el enfado se reafirmó a sí mismo después. Esto era culpa
suya, me recordaba a mí misma. Sólo lo estaba devolviendo a su propietario. Era su
problema que hubiera estado haciendo tal tarea. Además, el sonido
demoledor del cristal era la clase de frío, que me hacía sentir una pequeña
parte mejor de una forma perversa.
Realmente no me convencí a mí misma, pero saqué la camioneta de punto
muerto y conduje fuera a pesar de todo.
Esto era como cerrar como podía venir enviando el dinero de vuelta a donde
pertenecía. Y ahora tenía un conveniente paso para dejar caer la caja con el
dinero del plazo del próximo mes. Era lo mejor que podía hacer.
Lo repasé unas cien veces después de dejar la casa. Fui a por el listín telefónico
buscando cristaleros, pero no había extraños para pedir ayuda. ¿Cómo
explicaría la dirección? ¿T endría Charlie que arrestarme por vandalismo?
Escena Cinco:
La primera noche que Alice vuelve después de ver a Bella «suicidarse»
— ¿No quiso Jasper venir contigo?
— No aprobaba mi interferencia.
Olfateé.
— No eres la única.
Se puso tensa, pero enseguida se relajó.
— ¿Tiene esto algo que ver con el agujero en la ventana delantera de mi casa y
la caja repleta de billetes de cien dólares en el suelo de la sala de estar?
— Sí —dije enfadada.— Siento lo de la ventana. Fue un accidente.
— Esto no es solo cosa tuya, ¿verdad? ¿Qué hizo él?
—Algo llamado Pacific Northwest Trust me concedió una muy extraña y
persistente beca. No era un disfraz verdadero. Quiero decir, no puedo imaginar
que él quisiera que supiese que era él, pero espero que no piense que soy
estúpida.
— ¿Por qué? ¡Agh, ese gran tramposo! —murmuró Alice.
— Exactamente.
— Y él me dijo que no mirase. —Sacudió su cabeza con irritación.
Escena Seis:
Con Edward la noche después de Italia, en la habitación de Bella
— ¿Hay una razón por la que el peligro no te puede resistir más que yo?
— El peligro no lo intenta —murmuré.
— Por supuesto, suena como si estuvieses buscando el peligro fuera. ¿Qué
estabas pensando, Bella? Identifiqué en la cabeza de Charlie el número de
veces que has estado en la sala de urgencias recientemente. ¿Mencioné lo furioso que estoy contigo?
Su tranquila voz sonaba más dolorida que furiosa.
— ¿Por qué? Eso no es asunto tuyo —dije, avergonzada.
— En realidad, recuerdo específicamente que prometiste no hacer nada
imprudente.
Mi respuesta fue rápida.
— ¿Y no prometiste tú algo sobre no interferir?
— Siempre y cuando tú no cruzaras la línea,… —calificó con cuidado.—
mantendría mi parte del trato.
— ¡Oh! ¿Así que es eso? Tres palabras Edward: Pacific Northwest Trust.
Levantó su cabeza para mirarme; su expresión era toda confusión e inocencia,
demasiada inocencia. Era un regalo de muerte.
— ¿Se supone que eso tiene que significar algo para mí?
— ¿Me estás insultando? —me quejé.— ¿Cómo de estúpida piensas que soy?
— No tengo ni idea de qué estás hablando —dijo, con los ojos abiertos.
— Cualquiera —refunfuñé.
Escena Siete:
Las conclusiones de la historia,
la misma madrugada, cuando llegaron a la casa de los Cullen para la
votación…
De repente, la luz del porche se encendió, y pude ver a Esme esperando en el
umbral. Su ondulado pelo color caramelo estaba echado hacia atrás y tenía
alguna clase de recogedor en la mano.
— ¿Está todo el mundo en casa? —pregunté esperanzadamente mientras
subíamos las escaleras.
— Sí, están.
Mientras hablaba, las ventanas se llenaron de luz. Examiné la más cercana
para ver quién nos había advertido, pero la cacerola plana de fango grueso y
gris en el taburete en frente de ella captó mi vista. Miré la lisa perfección del
vidrio, y comprendí qué estaba haciendo Esme en el porche delantero con el
recogedor.
— ¡Oh, dispara Esme! ¡Siento realmente lo de la ventana! Iba a…
— No te preocupes por eso —interrumpió con una sonrisa.— Alice me contó la
historia, y tengo que decir, que no te habría culpado por hacerlo a propósito.

—Deslumbró a su hijo, el cual me estaba deslumbrando a mí.
Levanté una ceja. Él apartó la mirada y murmuró algo impreciso acerca de
caballos regalados.